domingo, 13 de mayo de 2007


Se instaló
en medio de la calle
con su telescopio
frente a sí.

Era inevitable
que la gente le mirara,
que se parasen,
que sonriesen.

Invitaba a la gente
a introducirse en el cielo,
a saborear las estrellas,
a mirar debajo de la falda
de la luna.

Y poco a poco,
día a día,
consiguió
que la gente le esperase
impaciente,
consiguió
sonrisas a cambio de nada,
consiguió
cambiar el color
de los días.

Y aún así
hace poco
escuche que se había
quitado la vida,
se había suicidado,
se había disparado.

En su apartamento,
en la mesa,
con la luz de una bombilla
iluminando el momento.

Y ahora
todo el mundo se sorprende,
se quedan extrañados,
se echan las manos
a la cabeza
y exclaman.

Pero nadie
pensó
que tal vez
eran ellos
los que,
cada día,
le rescataban.

Nadie pensó
que volviendo a casa
se le acabasen las estrellas
y las manos
comenzasen a temblar.

Porque no siempre
la vida
es una carga
que conseguimos
transportar.

Y uno sólo piensa
en llegar a esas
viejas estrellas
cuanto antes.


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