lunes, 10 de septiembre de 2007


Eran otros tiempos.

Mi padre nunca
estudió una carrera,
y aún así
fue director
de una gran compañía aérea
durante 29 años.

Vivió en Londres
y en París.

En el primero
trabajó en un hotel,
y cuando las del servicio de limpieza
estaban en las habitaciones,
él entraba
y cerraba la puerta
tras de si.

En París
pasó hambre,
mucha hambre,
con una onza de chocolate
al día
y un trozo de pan.
Ahí fue
donde se quedó calvo.

La dueña de un bar,
que era española,
le contrató unos días.

“Ayúdeme
o me muero de hambre”

Eran otros tiempos.

Ahora,
todo el mundo viaja
y aprende idiomas.
Y si entras en un bar
pidiendo ayuda,
probablemente acabes
en la calle,
muriéndote de hambre,
de frío,
y de soledad.

jueves, 6 de septiembre de 2007


Lo bueno de escribir
aquí, en casa,
es que ella me regala
su presencia,
su compañía.
Mientras yo
tecleo y bebo algo,
ella intenta cambiar
el poema
pasando por encima
del teclado,
o se tumba
encima de unos libros.
Es pequeña,
y cada dos por tres
tengo que parar
porque quiere
que la coja en brazos.

Se llama Norah,
tienes tres meses,
y la encontraron
en una autopista.

jueves, 30 de agosto de 2007


Coge el coche,
te invito
a escuchar
un disco nuevo
que me he comprado.
Y de paso,
si quieres,
cenamos en algún
bar de carretera,
en el que quieras,
di un kilómetro
y nos paramos.
Seguro que allí
no hay tanta luz,
y con un poco de suerte,
si la noche está despejada,
podremos ver las estrellas.
Creo que si lo pienso
nunca he visto una estrella
fugaz.
Y tal vez ese sea el problema
en todo esto,
que nunca he podido
formular
mi deseo.

martes, 28 de agosto de 2007


Voy cada tarde,
o al menos
eso intento.

Primero
tengo que
atravesar toda la playa
y después
una zona de rocas.

El ayuntamiento
ha instalado allí
unos aparatos
para que la gente
haga algo de ejercicio.
Junto
con un antiguo
tranvía,
con una fuente
de la que el agua
siempre sale caliente.

Y mientras
estoy
allí sentado,
en una de esas
máquinas,
me quedo parado
mirando el mar.

A lo lejos,
hay un carguero
avanzando
lentamente.

Por si no lo sabéis,
la velocidad
máxima
que pueden alcanzar
ronda los
35 kilómetros por hora,
y pueden transportar
una carga de unas 15000
toneladas.


Y avanza
lentamente,
muy lentamente,
al menos para mis ojos.

Y a mí
sólo se me viene
a la memoria,
cuando de niño,
con mis amigos,
jugábamos a hacer
el muerto
en la piscina.

Sin lugar a dudas
él
nos gana a todos.

sábado, 25 de agosto de 2007


La oficina
de Alfred
estaba en el segundo piso.

- Joder Javier,
no te había reconocido,
como has cambiado.

Me presentó
a todo el mundo
y me invitó
a un café.

A través de un cristal,
en un despacho,
un hombre
hablaba por teléfono.

- Ven, te voy a presentar
al director, era amigo de tu padre.
¡Jorge!, mira a los ojos a este chaval
y dime a quién te recuerda.

- A Vicente Das.

Mi padre
había muerto
hacía cuatro años,
y yo no había
visto a ese hombre
en mi vida.


Vincent Gallo
vende
a través
de su página web
sus objetos personales.

E incluso,
por una cantidad
astronómica,
te permite
acostarte con él
para tener
hijos suyos.

Puedes
comprar,
si quieres,
su medalla
de la comunión.

O por 6000
dólares
un cuadro
que le regaló
Charles Manson

Y por 750
un guante de moto,
eso sí,
firmado.

martes, 21 de agosto de 2007


Actualizo con un poema de David Gonzalez, un poeta Español cojonudo.
Podéis más de él en su página web www.davidgonzalezpoeta.com,
en su blog http://davidgonzalezpoeta.blogspot.com/
o en su fotoblog http://www.flogup.com/davidgonzalez


Luces en las ventanas



Es un edificio de ladrillo rojo.

Las ventanas aún conservan los marcos de madera.
Nunca dispusieron de cristales que los críos pudiéramos romper.
Es un edificio de ladrillo rojo, deshabitado. Mejor dicho:
nunca terminaron de construirlo, nunca estuvo habitado.
En su azotea, sin embargo, anidan las gaviotas comunes,
y en el portal paren las gatas callejeras,
y también, por temporadas, en una habitación del tercer piso,
dormía el poeta.
Dormía allí siempre que se escapaba de la casa de su padre.
Dormía en el suelo,
encima de una manta,
tapado con otra,
de almohada su ropa.


Van a derruirlo. El edificio. Y no tardando mucho.
Los obreros han terminado ya de colocar los andamios.
Van a demolerlo. Y está bien que así sea.
Disfrutaré de mejores vistas. Construirán otro más pequeño.
Vendrán familias a okuparlo. Habrá
madres,
y luces,
en las ventanas,
y hasta es posible, solo posible,
que en la habitación del tercer piso en que yo dormía,
duerma pronto
otro niño.