
Cuando el hombre se vistió
enfrente de aquel espejo
comprendió lo sucedido.
Sus ropas eran ahora
demasiado grandes,
y su mirada un punto
cada vez más pequeño.




Recuerdo que muchos días, cuando volvía del colegio, tú sacabas tu acordeón y empezabas a tocar sentado en el salón. Yo solía acompañarte cantando. Me gustaba la transformación que sufrían las canciones al pasar por tus manos, adquiriendo un nuevo ritmo, mucho más lento, mucho más melancólico. Y entonces, al rato, yo te decía que parases, que ya no quería escucharlas mas tiempo. Y era entonces cuando me cogías y me ponías a tu espalda mientras te echabas al suelo a hacer flexiones. Otras veces, para demostrarme tu fuerza, cogías a papa de los pies y le levantabas por los aires.