miércoles, 15 de marzo de 2006


El camino de vuelta sucedía como siempre. Los carteles, los edificios, seguían siendo los mismos. El motor seguía sonando forzado cada vez que se superaban los 120 km/hora y en la radio la misma emisora. Las mismas manchas en el tapizado de los asientos, las mismas quemaduras de algún cigarro en mala postura. El resto de conductores, a pesar de variar con el día, se comportaban de forma semejante entre sí, sin señas de ningún evento especial. En la guantera las cintas de cassette se apilaban con el mismo orden que desde hacía meses, las gafas para los momentos de sol, los papeles del coche, algún bolígrafo, tres o cuatro paquetes abiertos de caramelos, la misma bombilla fundida.

Seguramente que podía adivinar la mayor parte del contenido del maletero. En la red demasiado pequeña sobresaldrían los triángulos de seguridad acompañados de unos guantes sucios y rasgados que hace tiempo pensó valdrían para cualquier chapuza. Una bolsa de plástico con juguetes viejos ganaba polvo esperando ser dada o a estas alturas tirada. Y en los compartimentos en los extremos una botella de agua, el limpia cristales, una gamuza, una linterna y el bote de liquido de frenos casi sin usar.

Su mujer estaba en casa, preparaba un guiso según le había dicho hacía aproximadamente media hora desde el teléfono publico del hospital. Estaría escuchando el programa de radio que desde las 11.00 hasta las 14.00 comentaba todos los temas de actualidad que se habían desarrollado actualmente. En el pasillo que comunicaba el salón con las habitaciones, los últimos libros que había regalado El País se acumulaban aún precintados la mayoría, y un poco mas adelante, apoyando en el último, un viejo baúl guardaba objetos considerados de poco interés o demasiado viejos. La colocación de sus zapatos en la parte baja del armario seguiría tal y como lo había dejado esta mañana al guardar las zapatillas de estar por casa ocupando el lugar de las zapatillas que ahora mismo apretaban el freno y el embrague a causa de un repentino parón. En el baño, la cuchilla de afeitar reposaba perfectamente limpia sobre el lavabo junto al jabón de manos y diferentes colonias, entre ellas Calvin Klein, comprada en promoción las navidades pasadas.
Tras activar los intermitentes se incorporó en dos tiempos al carril derecho, y con un tercer movimiento ocupó el arcén frenando paulatinamente hasta detener el coche por completo. Salió del coche y rodeándolo apoyo una mano en el quitamiedos mientras inclinaba el cuerpo hasta dejar la cabeza alejada del resto. Entonces vomitó, una mezcla de comida sin digerir y sangre emanaron de su boca. Solo entonces comprendió que algo no iba bien, algo no seguía el curso deseado.

Si me despertase en medio de la noche y tratara de buscarte a mi lado, descubriría que te has ido. Y a los pies de la cama, junto a tus zapatillas, estaría tu camisón arrugado en el suelo mientras tú, una noche más, has bajado a la playa y te has quedado dormida en la arena.

lunes, 13 de marzo de 2006


Me pedías un último verso,
registrar el fondo en busca
de tus zapatos blancos.

Cada palabra que te dedicaba,
que acumulábamos juntos,
perdía todo su interés
al quitarnos la ropa.

Y entonces decidí
cerrar la puerta,
saber que desde lejos
no oirías mis gritos.

Porque nunca cumplo lo que digo,
y quizá eso sea lo excitante,
olvidarme de actuar, sentarme hasta que el tiempo me queme.

viernes, 10 de marzo de 2006


Instrucciones para robar vidas ajenas lentamente:

- Desprenderse de cualquier tipo de posible sentimiento futuro de remordimiento.
- Hacerse con una cuchilla de afeitar lo más afilada posible. Forrar uno de los lados con cinta para poder sujetarla.
- Salir a la calle todas las mañanas y pasear entre la gente.
- Con la mano levemente inclinada, realizar cortes muy poco profundos en los brazos de toda persona con la que nos crucemos y nunca detenernos.
- Al final de la mañana, regresar a casa, limpiar la cuchilla y anotar en un cuaderno el número de personas a las que les hemos robado vida.
- Ducharse, cambiarse de ropa y salir a pasear tranquilamente por la ciudad.

miércoles, 8 de marzo de 2006


Los días comienzan justo en el momento en el que recuerdo que algo me mantiene vivo. Tal vez sea la melancolía del día que ha acabado, o tal vez el hecho de recordar todo lo que dejé en el camino. Entonces me visto, y descubro que en mis bolsillos conservo el catalejo de cuando jugábamos a espiarnos, de cuando jugábamos a ser unos desconocidos. Y lo abro, para mirar a través de el y buscar alguna escena que observar, algo en lo que fijar mi atención. Pero al final siempre pasa lo mismo, lo cuelgo de mi mochila y salgo a buscar los zapatos que dejé anoche en tu puerta, esperando que un día, a mi vuelta, descubra que una flor ha brotado en ellos. Y una vez más cuando llego se repite la misma escena: la puerta cerrada y en el suelo miles de cartas esperando ser abiertas, miles de cartas devueltas indicando “destinatario desconocido”.

lunes, 6 de marzo de 2006


Tal vez nadie le creyese cuando dijo que saltaría aquella distancia, tal vez todos se rieron de él. Y por eso por la noche lo intentó, cuando nadie podía decirle nada. Y aunque fue un buen salto en el último momento sus manos no llegaron a sujetarse. Y no hubo nadie para parar su caída.

miércoles, 1 de marzo de 2006


Cuando el violinista se subió a lo alto del tejado observó la luna. Se preguntó si desde allí arriba el vértigo sería mayor por la altura a la que estaba, y si sería capaz de asomarse. Entonces comenzó a tocar una canción y poco a poco bajó la mirada. Y fue cuando descubrió que, desde lo alto de aquel tejado, mirar hacia el suelo ya le producía vértigo, tanto que por poco estuvo a punto de perder el equilibrio. Así que se dio cuenta de que aunque desde allí pudiese imaginar lugares peores, el auténtico miedo se lo causaba aquel que más cercano tenía, aquel que se le agarraba en el fondo del cuerpo, aquel que se ocultaba mientras estaba distraído.