
Me pedías un último verso,
registrar el fondo en busca
de tus zapatos blancos.
Cada palabra que te dedicaba,
que acumulábamos juntos,
perdía todo su interés
al quitarnos la ropa.
Y entonces decidí
cerrar la puerta,
saber que desde lejos
no oirías mis gritos.
Porque nunca cumplo lo que digo,
y quizá eso sea lo excitante,
olvidarme de actuar, sentarme hasta que el tiempo me queme.






