domingo, 12 de febrero de 2006


Fueron pocas las veces que en su corta vida se atrevió a mirarse al espejo. En los contados momentos que lo hizo, únicamente pudo encontrar en aquel reflejo un ser de proporciones monstruosas, deformado por terribles enfermedades y obligado a permanecer por siempre oculto de resto de las personas. Cuando pasados los años, se miró por última vez, habían pasado ya 4 años desde que viese su rostro frente a frente. Y lo que vio le sorprendió, su mirada había perdido vitalidad hasta el punto de no poder percibir si reflejaba el mas mínimo atisbo de vida. Entonces decidió acostarse, y que todo aquello acabase, que poco a poco el sueño le cautivara para demostrarse a si mismo que tal vez, en otras circunstancias, podría haber sido una persona normal.
(Mi pequeño homenaje a Joseph Merrick)

Sentado en su cocina, en una silla, tacha del calendario el número correspondiente al día de ayer. Desde hace dos años, cuando su mujer murió a causa de una enfermedad, tacha todos los días que no la ve. Y tiene la ilusión de poder dejar algún día sin un trazo rojo encima. Porque aunque sabe que es casi imposible, esta seguro que un día de estos la distinguirá caminando por la calle, o en un cruce de ojos en algún semáforo, o tal vez se le presente en sueños para preguntarle que tal está. Y entonces ese día no tendrá que tacharlo del calendario.

miércoles, 8 de febrero de 2006


En la librería, comenté al librero que buscaba un libro que oliese bien. Este me llevó a un cuarto trasero provisto de innumerables estanterías. Me indicó una en especial de donde comencé a extraer volúmenes y a abrirlos para aspirar su perfume. Opté por un libro sobre trenes, una guía visual. Sus páginas conservaban un olor semejante al de la piel de las naranjas.

jueves, 2 de febrero de 2006

Una sonrisa puede convertirse en algo valioso.
Sobre todo cuando el que sonrie es un elefante.

lunes, 30 de enero de 2006



Las mariposas abandonaron hace tiempo su evolución natural.
Ahora nacen mariposas desde el principio.
Y las orugas mueren sabiendo que les han arrebatado las alas.

martes, 24 de enero de 2006


Como todos los días, el farero se sienta en su mesa. Su trabajo se repite una noche más: encender el faro y controlar que no se produzca ningún fallo. Tiene una radio, vieja y pequeña, de la que poco a poco salen las primeras notas de una canción de música clásica, tal vez Tchaikovski. Una vez más abre el cajón derecho del escritorio y saca una caja de madera. Esta tapada con un cristal, y a través de el se pueden distinguir multitud de insectos diferentes, todos ellos sujetos mediante un alfiler. En un pequeño bote de cristal ha traído los últimos ejemplares que, esa misma tarde, ha estado capturando en los alrededores del faro. Con sumo cuidado los separa uno a uno con unas pinzas especiales y los engancha clasificándolos perfectamente. De fondo sigue sonando música clásica, tal vez Mozart, o tal vez no. Cuando ha acabado con la última mariposa han pasado minuto a minuto cinco horas. Como acto reflejo, como todas las noches y como cada hora, levanta la mirada. Y comprueba una vez más que la luz sigue encendida, y que una noche más no se ha producido ningún fallo.

domingo, 22 de enero de 2006


En su cuaderno, en sus páginas, anota todo, todos los pasos. Los pasos que separan su casa del trabajo, los pasos que hay entre el trabajo y el videoclub, entre el videoclub y su casa. Los pasos que hay entre su casa y el cementerio, entre la puerta del cementerio y la tumba de su padre. Todos los días, sin excepción, verifica los datos y apunta cualquier modificación. Teme que quizás, una mañana, al levantarse, todo haya cambiado. Teme que quizás, un día, al salir de su casa, 514 pasos no le lleven hasta su trabajo, 205 al videoclub ó 3203 al cementerio. Teme que cualquier día, sin poder evitarlo, sea incapaz de regresar a su casa.
(Por cierto, la foto es mía)