martes, 24 de enero de 2006


Como todos los días, el farero se sienta en su mesa. Su trabajo se repite una noche más: encender el faro y controlar que no se produzca ningún fallo. Tiene una radio, vieja y pequeña, de la que poco a poco salen las primeras notas de una canción de música clásica, tal vez Tchaikovski. Una vez más abre el cajón derecho del escritorio y saca una caja de madera. Esta tapada con un cristal, y a través de el se pueden distinguir multitud de insectos diferentes, todos ellos sujetos mediante un alfiler. En un pequeño bote de cristal ha traído los últimos ejemplares que, esa misma tarde, ha estado capturando en los alrededores del faro. Con sumo cuidado los separa uno a uno con unas pinzas especiales y los engancha clasificándolos perfectamente. De fondo sigue sonando música clásica, tal vez Mozart, o tal vez no. Cuando ha acabado con la última mariposa han pasado minuto a minuto cinco horas. Como acto reflejo, como todas las noches y como cada hora, levanta la mirada. Y comprueba una vez más que la luz sigue encendida, y que una noche más no se ha producido ningún fallo.

domingo, 22 de enero de 2006


En su cuaderno, en sus páginas, anota todo, todos los pasos. Los pasos que separan su casa del trabajo, los pasos que hay entre el trabajo y el videoclub, entre el videoclub y su casa. Los pasos que hay entre su casa y el cementerio, entre la puerta del cementerio y la tumba de su padre. Todos los días, sin excepción, verifica los datos y apunta cualquier modificación. Teme que quizás, una mañana, al levantarse, todo haya cambiado. Teme que quizás, un día, al salir de su casa, 514 pasos no le lleven hasta su trabajo, 205 al videoclub ó 3203 al cementerio. Teme que cualquier día, sin poder evitarlo, sea incapaz de regresar a su casa.
(Por cierto, la foto es mía)

jueves, 19 de enero de 2006



Aquel día salté y te dije que nunca más volvería a pisar el suelo. Por eso, desde entonces, cada vez que te leo un cuento las palabras se caen una a una por efecto de la gravedad.

martes, 10 de enero de 2006



Tal vez, ayer por la noche, alguien decidiese suicidarse. Tal vez, ayer por la noche, alguien descubriese que lo bueno de bailar es que se puede hacer durante toda la noche.

lunes, 2 de enero de 2006


Se oye a un niño llorar de fondo. Un hombre se sienta en su balcón con una taza de café en la mano y observa el edificio de enfrente en el que, poco a poco, todas sus ventanas se van apagando. Al final, únicamente queda encendida una ventana en el último piso, y el hombre comienza a contar los minutos que tardará en apagarse Piensa que, tal vez, de un gran salto se podría colar en aquella habitación. Y así poder observar como es la persona que ha decidido acostarse la última esta noche .

miércoles, 28 de diciembre de 2005


Sandro vive en la calle. Viste un abrigo largo, dos pares de pantalones y unas botas negras. Tiene el pelo largo, una barba espesa y las manos llenas de arrugas. Su forma de caminar, con cierta cojera en la pierna izquierda, es consecuencia de diversas caídas. Suele recorrer las calles en busca de algo de comer, y por la noche duerme en el soportal de algún edificio. Siempre lleva un carro, el carro de algún supermercado. Y en vez de llevar dentro sus objetos personales lo utiliza para transportar a sus once gatos.

jueves, 15 de diciembre de 2005



Un hombre pasea por el puerto con los cordones de los zapatos desatados. Fuma en su pipa preferida al tiempo que observa como las olas rompen contra las rocas. De repente, descubre un gran pez rojo y verde que ha sido arrojado al suelo. El pez trata de respirar, y cuando mira al hombre se echa a llorar. Este, dándose cuenta de que ya es demasiado tarde para devolverlo al agua le propone un trato, intercambiar sus vidas. Y de esta forma, el hombre, tras desnudarse, se arroja al mar. Y el pez, que poco a poco se pone en pie, se viste con las ropas del hombre y agradecido continua su camino.
El tiempo pasa, y para ambos su nueva vida se convierte en algo que odian. El hombre no soporta la monotonía del fondo del mar y, por otra parte, el pez cada vez se siente peor por el ruido, el humo y el caos de la ciudad. Un día, sin saberlo, tras un mes en su nueva vida, ambos deciden suicidarse. El hombre, una mañana, salta del agua para arrojarse a tierra, y el pez, paseando por el puerto, se arroja al mar.