
Aquel día salté y te dije que nunca más volvería a pisar el suelo. Por eso, desde entonces, cada vez que te leo un cuento las palabras se caen una a una por efecto de la gravedad.




Cerca de casa, en una pequeña tienda, vendían botones. Estaban todos metidos en una caja separados en bolsas, así que compré la que mayor variedad de colores y formas tenía. Había decidido coserlos a mi ropa de forma desordenada, pero uno por cada vez que me pasase algo importante. El primero y último de ellos lo cosí al bolsillo de mi pantalón tres semanas después. La noche anterior, en algún lugar de la ciudad, había visto morir a un payaso.
