domingo, 20 de noviembre de 2005



Cerca de casa, en una pequeña tienda, vendían botones. Estaban todos metidos en una caja separados en bolsas, así que compré la que mayor variedad de colores y formas tenía. Había decidido coserlos a mi ropa de forma desordenada, pero uno por cada vez que me pasase algo importante. El primero y último de ellos lo cosí al bolsillo de mi pantalón tres semanas después. La noche anterior, en algún lugar de la ciudad, había visto morir a un payaso.

domingo, 6 de noviembre de 2005


En casa, en el salón, teníamos un reloj de cuco. Lo recuerdo presente durante todos los años que vivimos allí, todos ellos indicando el paso del tiempo hora tras hora. Estuvo presente en cada reunión familiar, en cada fiesta, en las comidas y en las cenas. Y durante todo ese tiempo no hubo un solo día en el que no se le diese cuerda, ni hubo una sola hora de la que no nos avisase. Al cabo de unos años, se encontraba mi abuelo sentado en uno de los sillones del salón leyendo un periódico. Estaba muy enfermo, y como consecuencia de ello su corazón poco a poco dejó de funcionar. Se quedó allí, sentado, con el periódico apoyado sobre sus piernas y los ojos aún abiertos. Entonces, como cualquier otro día, para anunciar las cinco de la tarde, se abrió aquella puertecita de madera y asomó un viejo cuco que canto cinco veces para de nuevo, otra vez, esconderse hasta que pasase otra hora.

miércoles, 26 de octubre de 2005


Preparé una pequeña mochila con todo lo necesario, até el saco de dormir y salí de casa. Llegué a la entrada del bosque y me senté a esperar a que empezase a oscurecer. Entonces apareció, como cada noche, separada del resto lucía tan intensa como siempre. Me había propuesto seguirla, ir en su busca. En algún momento se tendría que poder ver de cerca, aunque fuera desde las montañas que distinguía en el horizonte. Y eché a andar, sin mapa, sin brújula, únicamente sabiendo que aquella estrella era mi objetivo. Y por el día descansaba, ya que el cielo azul no me permitía distinguirla.

domingo, 23 de octubre de 2005


Tenía una mochila azul. La llevaba siempre conmigo. Incluso los días que la dejaba en casa a propósito tenía continuamente la sensación de que me faltaba algo. Al principio la llevaba por si la necesitaba para guardar algo, pero con el tiempo la llevé para tener siempre conmigo todas las cosas que me eran imprescindibles.

domingo, 16 de octubre de 2005


Como todos los inviernos, por la noche, nos quedábamos en el desván mirando a través de la ventana. Allí tumbados me explicaste como reconocer las constelaciones por la posición de las estrellas. Un año, coincidiendo con mi cumpleaños, te pedí que me regalases una estrella. Y en vez de eso, pasados dos días, me trajiste un bote de cristal lleno de botones. Ahora, en mi habitación, tumbado en la cama, vuelvo a diferenciar la osa mayor de la osa menor.

lunes, 10 de octubre de 2005


El sabía que aún no era suficiente. Su último disco pretendía ser una completa anatomía de si mismo. Siete meses de retiro en la playa le había llevado el crearlo, pero incluso así sabía que todavía estaba incompleto, quería dar a los fans lo que estos esperaban. Debió ser por eso que en el último concierto de la gira, después del segundo bis, comenzara a sonar el lago de los cines por los altavoces. Y también debió ser por eso que, aún encima del escenario, sacara un revolver de su bolsillo y se disparara en la cabeza.

Corrió para alejarse del miedo. Corrió para sentir el aire en la cara. Corrió para despegar. Corrió para comprobar que nunca mas podría parar.