lunes, 10 de octubre de 2005


Corrió para alejarse del miedo. Corrió para sentir el aire en la cara. Corrió para despegar. Corrió para comprobar que nunca mas podría parar.

martes, 4 de octubre de 2005


Cuando llovía salíamos a jugar en los charcos. Hacíamos barcos de papel y esperábamos a ver cual era el primero en hundirse. Entonces un día desapareciste delante mía. Habías intentado recuperar tu barquita y al pisar el charco tu hundiste hasta quedar totalmente sumergida. Yo intenté agarrarte de la mano pero cuando llegué solamente podía ver la tierra a través del agua. Me senté en la acera a esperar, pensaba que en cualquier momento aparecerías y continuaríamos jugando. Esa misma tarde salió el sol. A eso de las siete y media el charco entero se había evaporado. Tu barco de papel seguía allí, arrugado y medio desecho aunque ahora seco. Cuando entré de nuevo en casa me quedé mirando por la ventana. Hay días que me levanto y me parece ver un charco de agua que llega hasta tu cama.

lunes, 3 de octubre de 2005


Nos perdimos en el bosque y decidimos seguir el sonido del río. Cuando nos dimos cuenta de que por ese modo nunca encontraríamos el camino, recurrimos a algo más simple. Enterramos nuestros zapatos y abriendo tu paraguas echamos a volar.

viernes, 30 de septiembre de 2005


Te miraba de reojo mientras comías palomitas bañadas en sangre, palomitas que dejaban en tu boca el rastro de quien devora compulsivamente. Ahora intentaré levantarme y pedir que paren la película, dirigirme a ti e invitarte a bailar. Y que suene un vals que te devuelva la vida.

miércoles, 28 de septiembre de 2005


* Por la noche, mientras dormías hablabas en sueños, y venías a meterte en mi cama diciéndome que tenías miedo.
* A lo lejos oigo un tren. Y se por su sonido que la gente del vagón sonríe.

Corríamos por la calle queriendo volar. Agitábamos nuestros brazos, imitábamos alas con cartones, saltábamos desde lo alto de los muros. Durante dos noches seguidas soñé que volaba de verdad, que tan solo con un pequeño salto flotaba en el cielo. Al día siguiente, mientras comenzabas a correr yo me tumbé en el césped y me quedé dormido.

sábado, 24 de septiembre de 2005


Todos los veranos esperábamos con impaciencia que montaran a las afueras del pueblo el cine de verano. En el campo de fútbol, que en ese tiempo perdía su uso, instalaban la pantalla, una barra a modo de bar y todas las sillas de plástico unidas por los reposabrazos formando las filas. Las sesiones eran dobles, y allí vi todas las películas del oeste que recuerdo haber visto nunca. Mamá siempre nos preparaba unos bocadillos que nos comíamos en el descanso y una chocolatina para el postre. Algunos días nos colábamos para repetir las películas pero sin pagar, y entonces las veíamos tumbados entre unos arbustos a la izquierda de la entrada. Lo malo era, que al ser descubierto, los días que llovía permanecía cerrado.